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Sáb, Sep

Para vivir feliz el presente, hay que afrontar el pasado

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Sin duda, la posibilidad de vivir centrados en el presente nos permite estar más serenos, con menos ansiedad y, en definitiva, con mayor posibilidad de ser felices.

 

 Casi todas las disciplinas relacionadas con la meditación, hoy particularmente de moda, buscan serenar la mente y disipar los pensamientos, basándose en la respiración para enfocarse en el presente y en el propio cuerpo.

Lo ideal sería poder vivir en el presente la mayor parte del tiempo para disminuir la ansiedad que produce la alienación de lo que vendrá, y sacarse de encima el peso del pasado. Sin embargo, para lograr este modo de vida, el camino no es tan sencillo y si bien la meditación es muy útil, es indispensable poder analizar el pasado para comprender cómo llegamos a ser quienes somos, y para que lo vivido no determine negativamente de manera inconsciente nuestras vidas.

Los personajes internalizados del pasado influyen intensamente en nuestro modo de pensar y actuar en la vida cotidiana y son los responsables de gran parte de nuestro sufrimiento emocional, sin que ni siquiera nos demos cuenta de ello. Por otro lado, la posibilidad del ser humano de pensar hacia atrás, aprender de su experiencia, y proyectar su futuro nos hace únicos, por lo que no recomiendo escapar ligeramente del pasado.

Para alcanzar esta deseada calma y, en última instancia, acercarse a la felicidad es necesario empezar por lo primero, lo ya vivido. Las personas están en gran medida condicionadas por su historia, nuestros rasgos de personalidad se definen por una combinación de lo heredado y lo ambiental, más específicamente lo vivido en nuestros primeros años de vida.

Tengamos en cuenta que el ser humano desarrolla su aparato psíquico durante su infancia y, durante este período de gran desarrollo y aprendizaje, las figuras más importantes son, en el mejor de los casos, sus padres o eventualmente sus cuidadores.

Tan importante son las relaciones con los padres que este vínculo nos marcará para toda la vida. Cuando nacemos y por un período de tiempo, tal vez muy prolongado, si lo comparamos con las demás especies del planeta, somos extremadamente vulnerables y dependientes de los otros (los padres) para sobrevivir, por eso este vínculo es tan especial y profundo y deja una huella permanente que determina, en gran medida, nuestra personalidad.

En definitiva, si nos comportamos, nos relacionamos con otros, y tomamos decisiones importantes en la actualidad, condicionados por situaciones que en general son de carácter inconsciente y que se remontan al pasado remoto y a los vínculos primordiales de nuestra infancia, tendremos grandes dificultades para ser felices si evadimos o desconocemos el pasado.

Una vez superado un análisis profundo de nuestro pasado y los  vínculos infantiles, estaremos en condiciones de vivir más libres y serenos el presente.