Durante todo el año vivimos, en mayor o menor medida, bajo ciertas presiones. Pero la llegada del fin de año supone un incremento en el estrés vinculado a un mayor flujo de tareas tanto laborales como personales. Hay quien piensa que estos cambios solo repercuten en el estado de ánimo o en el sueño. Pero nada más lejos de la realidad, ya que cuando una persona vive al límite en sus exigencias mentales, no descansa y nunca deja de sentirse presionada o a punto de agotarse, forzando a su organismo a producir la hormona del estrés, el cortisol.
A mayor tiempo estresados, más cortisol se producirá y mayor facilidad tendrá nuestro cuerpo para desarrollar ciertas dolencias psicosomáticas, como por ejemplo úlceras, diarreas, hipertensión, vómitos, palpitaciones o parálisis musculares. Además, el cuerpo comienza a no poder neutralizar las defensas antioxidantes que aporta su alimentación (vitaminas, flavonoides) o su organismo (enzimas antioxidantes).