La obesidad infantil dejó de ser un problema aislado para convertirse en uno de los principales desafíos de salud pública. En Argentina, según las últimas estadísticas, la malnutrición por exceso ya supera a la desnutrición por déficit. La alimentación de baja calidad nutricional, el sedentarismo y los alimentos disponibles en los entornos escolares, entre otros factores, contribuyen al aumento de esta problemática, cuyas consecuencias pueden persistir a lo largo de toda la vida y aumentar el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas.
"Los niños aprenden principalmente a través del ejemplo, por lo que es difícil que acepten alimentos que no ven consumir de manera habitual en su hogar", explica la Lic. Patricia Mariela Chávez (MN 10039 – MP 6252), nutricionista de DIM Centros de Salud.
Un problema que comienza con los hábitos cotidianos
Según datos de UNICEF, el 35% del aporte energético diario de los niños argentinos proviene de productos ultraprocesados, como galletitas, snacks, golosinas y bebidas azucaradas. Al mismo tiempo, el consumo de frutas y verduras alcanza apenas el 20% de la cantidad recomendada, una combinación que favorece el desarrollo de sobrepeso, obesidad y otras alteraciones metabólicas.
Aunque la alimentación es un pilar fundamental, no es el único factor que influye en la salud infantil. El sedentarismo —muchas veces asociado al uso excesivo de pantallas—, dormir pocas horas o con mala calidad y crecer en un entorno familiar y escolar que no promueva hábitos saludables también aumentan el riesgo de desarrollar sobrepeso y obesidad.
El entorno también educa
Para la especialista, la alimentación de los niños no depende únicamente de una decisión individual, sino también de los entornos en los que crecen y se desarrollan.
Si en la casa abundan snacks, golosinas, galletitas y bebidas azucaradas, mientras que las frutas u otros alimentos saludables no están disponibles o no forman parte de las comidas habituales, es esperable que los chicos elijan con mayor frecuencia las primeras opciones.
Además, mejorar los entornos escolares resulta fundamental, ya que los niños pasan gran parte del día en la escuela y muchas de sus elecciones alimentarias están condicionadas por los alimentos disponibles. Cuando el entorno ofrece opciones saludables, es más probable que los niños las elijan e incorporen hábitos beneficiosos para su salud.
Pantallas: un doble impacto
El uso excesivo de pantallas tiene un impacto negativo en la salud infantil. Por un lado, reduce el tiempo destinado a la actividad física. Por otro, favorece el consumo de alimentos mientras los niños miran una serie, juegan videojuegos o utilizan el celular porque la atención está puesta en la pantalla y resulta más difícil reconocer las señales de hambre y saciedad.
Por este motivo, una recomendación sencilla consiste en evitar el uso de pantallas durante las comidas y aprovechar ese momento para comer y compartir en familia.
No se trata de prohibir
Uno de los errores más frecuentes que observa en las familias es pensar que la solución consiste en imponer dietas estrictas o prohibir determinados alimentos. El objetivo no es eliminar por completo los ultraprocesados, sino lograr que su consumo sea ocasional y que no desplace a los alimentos que aportan los nutrientes necesarios para un adecuado crecimiento y desarrollo.
Además, explica que muchas veces se espera que los niños consuman verduras u otros alimentos saludables cuando el resto de la familia no los incorpora a su alimentación habitual. El ejemplo cotidiano de los adultos es uno de los principales modelos que los niños imitan desde edades tempranas.
Además, Chavéz explica que los propios adultos pueden tener dificultades para reconocer sus señales de hambre y saciedad y, sin darse cuenta, transmitir ese comportamiento a sus hijos. Insistir en que un niño termine el plato u ofrecerle más comida cuando ya expresa que está satisfecho puede dificultar que aprenda a reconocer esas señales, fundamentales para desarrollar una relación saludable con la alimentación.
Las intervenciones más efectivas son aquellas que promueven cambios progresivos en los hábitos de toda la familia, aumentando el consumo de verduras, frutas, legumbres, lácteos y otros alimentos de buena calidad nutricional, favoreciendo que los niños los conozcan, los acepten y los incorporen a su alimentación habitual.
Pequeños cambios que pueden hacer la diferencia
Aumentar la presencia de verduras en los almuerzos y las cenas, ofrecer frutas o preparaciones caseras como colación para el colegio, reducir la compra de productos ultraprocesados y mantener frutas lavadas y visibles en el hogar son algunos cambios sencillos que pueden contribuir a prevenir el riesgo de obesidad infantil.
Pequeñas modificaciones sostenidas en el tiempo pueden marcar una gran diferencia. La prevención de la obesidad infantil no depende únicamente del niño. Depende, fundamentalmente, del compromiso de toda la familia para construir hábitos saludables desde los primeros años de vida.
¿Cuándo consultar con un profesional?
Es recomendable consultar con un nutricionista cuando la alimentación del niño o de la familia es poco variada y se basa principalmente en alimentos ultraprocesados, con un consumo insuficiente de verduras, frutas, legumbres, lácteos y otros alimentos de buena calidad nutricional.
También es importante buscar asesoramiento cuando existen dudas sobre cómo mejorar los hábitos alimentarios, incorporar nuevos alimentos o cuando se detectan cambios en la curva de crecimiento que requieren una evaluación nutricional.
La intervención temprana permite identificar y corregir hábitos poco saludables antes de que se consoliden, favoreciendo cambios que resultan más fáciles de sostener en el tiempo.
Además, la infancia es una etapa de crecimiento y desarrollo, por lo que una alimentación adecuada no solo contribuye a prevenir el sobrepeso y la obesidad, sino que también permite cubrir los requerimientos de energía y nutrientes necesarios para alcanzar el máximo potencial de crecimiento, desarrollo físico y cognitivo.