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Sáb, Jul

Cuando la terapia se vuelve demasiado personal: ¿hasta dónde puede involucrarse un psicólogo?

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Frases como “Mi psicóloga me sigue en Instagram", "Mi terapeuta me regaló un libro", "Me escribe fuera de sesión", "Me cuenta cosas de su vida" o "Me habla como una amiga", aparecen cada vez más en redes sociales, en conversaciones entre pacientes y también en series donde la figura del terapeuta se volvió parte de la escena pública. Y eso no es casual: la terapia salió del consultorio silencioso y entró en la cultura popular.

 

 Pero ahí aparece una pregunta incómoda: ¿qué esperamos hoy de un terapeuta? ¿Queremos alguien cercano? Sí. ¿Queremos alguien humano? También. ¿Queremos alguien que nos escuche sin rigidez ni solemnidad? Por supuesto.

Pero hay una diferencia enorme entre un terapeuta cálido y un terapeuta que pierde el rol. El encuadre terapéutico suele malinterpretarse. Muchas personas creen que tener encuadre significa ser frío, distante, rígido o hablar como un robot. Pero no, el encuadre no es una pared emocional. Es un marco de cuidado.

Es lo que permite que una persona pueda hablar de su intimidad sin sentir que está frente a un amigo, un juez, una madre, un fan, un jefe o un espectador privilegiado de su vida. Un terapeuta puede ser flexible, cercano, usar humor, metáforas, ejemplos, intervenciones más confrontativas o recursos narrativos. Puede incluso compartir alguna anécdota si tiene una función clínica. Hay modelos terapéuticos más estructurados y otros más abiertos.

Pero ninguna técnica, ningún estilo y ningún modelo habilitan a perder el lugar profesional. Porque una cosa es flexibilizar el encuadre para acompañar mejor a un consultante. Otra muy distinta es romperlo.

Un psicólogo no es un amigo. No es una madre. No es un hermano. No es un fan. No es un juez. No es alguien que entra en la vida del paciente para ocupar un lugar afectivo personal.

Es un profesional que sostiene un espacio para que el otro pueda desplegarse y ese punto es central. La cercanía terapéutica no se mide por cuánto se parece la sesión a una charla de café. Se mide por la posibilidad de que el consultante pueda sentirse escuchado, respetado y resguardado.

Un terapeuta puede ofrecer una taza de café en el consultorio, pero no es el mismo café que se toma con una amiga. Puede acompañar a una paciente a subir a un ascensor si están trabajando una fobia, pero no está actuando como amiga: está ocupando un rol clínico dentro de una intervención específica. Puede llamar a un paciente después de una cirugía o en un momento de angustia, pero no porque sea parte de su círculo íntimo, sino porque está sosteniendo un proceso terapéutico.

La diferencia no está siempre en el gesto, está en función del gesto, ahí se juega el encuadre. El problema aparece cuando el profesional empieza a satisfacer algo propio: su curiosidad, su necesidad de agradar, su deseo de ser querido, su fascinación, su identificación personal, su ego o su dificultad para correrse del centro.

O cuando comparte demasiado de su vida personal, aconseja desde su propia experiencia como si estuviera en una charla entre pares, busca aprobación del paciente, se involucra emocionalmente de un modo que desordena la relación, se siente parte de la vida privada del consultante o convierte al paciente en una anécdota.

En esos casos, el riesgo es claro: el paciente deja de tener un espacio para desplegarse y empieza a cuidar al terapeuta, complacerlo, medir lo que dice o sostener una relación que ya no sabe bien qué es y una terapia donde el paciente tiene que cuidar al terapeuta deja de ser un espacio seguro.

Por eso, hablar de encuadre no es hablar de formalidades antiguas, es hablar de derechos actuales. La Ley Nacional de Ejercicio Profesional de la Psicología establece obligaciones vinculadas al secreto profesional. Y el Código de Ética de FePRA recuerda que la confidencialidad es parte esencial de la profesión y que el psicólogo ocupa una posición asimétrica frente al consultante.

Dicho de manera simple: quien consulta se expone. Quien escucha tiene una responsabilidad. La confidencialidad no significa solamente "no contar lo que escuché". También implica cuidar cómo miro, cómo pregunto, desde dónde intervengo, qué hago con la información que recibo y qué lugar ocupo frente a esa persona. Se puede vulnerar algo del encuadre sin revelar literalmente un secreto.

Se vulnera cuando se mira desde el morbo. Cuando se pregunta por curiosidad y no por necesidad clínica. Cuando se trata al paciente como personaje. Cuando se usa su historia para alimentar una conversación. Cuando se confunde intimidad terapéutica con vínculo personal. Cuando el terapeuta se vuelve fan de la vida del paciente.

En clínica no trabajamos solamente con la verdad fáctica, como si estuviéramos en un expediente judicial. También trabajamos con la realidad psíquica. Es decir: cómo una persona vivió una situación, qué sintió, qué efecto tuvo eso en su confianza y cómo impactó en el vínculo. Eso no significa creer ingenuamente todo ni hacer una condena pública sin escuchar a las partes. Significa comprender que el relato del consultante expresa una vivencia subjetiva que merece ser escuchada y pensada.

La ética profesional no vuelve distante al terapeuta, lo vuelve confiable. No se trata de apagar la humanidad sino de saber usarla con responsabilidad.

Un buen terapeuta no es el que se muestra más canchero, más amigo o más disponible, es el que puede estar cerca sin invadir, acompañar sin apropiarse, intervenir sin protagonizar y cuidar sin confundir. La flexibilidad clínica es necesaria, la calidez también. Pero ninguna de las dos justifica perder el rol.

La época cambió: hoy el psicólogo también aparece en redes, en series, en podcasts, en entrevistas y en conversaciones cotidianas. La salud mental dejó de estar escondida, y eso es un avance enorme. Pero cuando la figura del terapeuta se vuelve demasiado familiar, también aparece una confusión posible.

Tal vez el gran debate de este tiempo sea ese: cómo hacer una clínica más humana, más accesible y menos solemne, sin transformar al terapeuta en alguien que pierde el lugar que justamente permite cuidar.