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Dom, Dic

Cinco señales a observar en el desarrollo infantil

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Como terapeuta materno infantil y especialista en estimulación temprana, sé que uno de los mayores interrogantes para los padres es el desarrollo de sus hijos. Cada niño es único y sigue su propio ritmo, es cierto, pero también hay ciertos hitos y señales que nos orientan. La pregunta que más escucho es: "¿Esto es normal? ¿Debería preocuparme?". Hoy quiero compartirles algunas pautas para ayudarlos a distinguir entre lo que es parte de la variabilidad del desarrollo y lo que podría requerir una mirada más atenta.

 


 El desarrollo no es una carrera, comparar a nuestros hijos con otros niños o con el ideal que vemos en redes sociales solo genera ansiedad innecesaria. Lo importante es observar, conocerlo, disfrutarlo y estar atentas a su evolución individual.

 

Cinco señales a tener en cuenta:

 

-Dificultad en la interacción social y el contacto visual: desde bebés, los niños buscan la conexión. Si notamos que un lactante no establece contacto visual, no responde a su nombre después de los 9 meses, no comparte la mirada con un adulto señalando un objeto de interés o muestra poco interés en interactuar con otros hacia los 18-24 meses, es una señal. Un niño que evita constantemente la mirada, no sonríe en respuesta o parece estar en su propio mundo, merece una consulta.


-La importancia de la intención comunicativa (más allá de las palabras): es común que nos preocupemos por cuántas palabras dice un niño y a qué edad. Sin embargo, el desarrollo del lenguaje es mucho más que el vocabulario; puede manifestarse de muchas formas y a ritmos muy diversos. Lo crucial no es tanto el número exacto de palabras o frases, sino la clara intención del niño por comunicar y conectar. Si tu hijo no busca compartir experiencias contigo (señalando lo que le interesa, trayéndote objetos, mirándote para ver tu reacción), no te mira para pedirte algo, no intenta imitar sonidos o gestos para hacerse entender, o no responde cuando le hablás (incluso si no habla), esto es lo que merece atención. La ausencia de esta intención comunicativa, o una regresión en la capacidad de comunicarse (dejar de usar gestos, balbuceos o palabras que ya usaba), es siempre un motivo para consultar, independientemente de la edad. El lenguaje tiene múltiples caminos para desplegarse, y si bien esperamos cierto progreso, la esencia es la conexión y el deseo de interactuar.


-Movimientos repetitivos, poco juego simbólico o falta de interés en explorar: los niños aprenden jugando. Si un niño prefiere jugar siempre con los mismos objetos de la misma manera, si alinea juguetes de forma obsesiva, si no usa los objetos con fines imaginativos (por ejemplo, usar una banana como teléfono) o si tiene movimientos corporales repetitivos y sin propósito aparente (como aleteo de manos, balanceo constante) pasados los dos años, es momento de observar más de cerca y mencionarlo a su pediatra.


-Dificultades en la motricidad gruesa y fina (observar y respetar el movimiento libre): en este aspecto, es fundamental recordar que el movimiento libre es el motor del desarrollo motor. Esto significa ofrecer a nuestros hijos un ambiente seguro y estimulante, sin intervenciones innecesarias, para que sus movimientos surjan de manera espontánea. Si un bebé no sostiene la cabeza a los 3 meses, no se sienta solo a los 9 meses, no gatea o se desplaza de alguna forma a los 12 meses, o no camina a los 18 meses, es un llamado de atención para observar con mayor atención. Quizás el entorno no le está permitiendo explorar lo suficiente o necesita un poco más de tiempo. Lo mismo aplica si a los 3 años un niño tiene dificultades para agarrar un lápiz, abotonarse o usar tijeras. Aquí, más allá de la preocupación, lo importante es ver si hay progreso en sus movimientos, por más lento que sea, y asegurarnos que tengan la libertad y el espacio para moverse y manipular objetos sin restricciones. Un ambiente que promueva la exploración y el juego autónomo es clave para que el desarrollo motor surja de manera saludable.


-Sensibilidad inusual a estímulos sensoriales o patrones de sueño/alimentación muy atípicos: algunos niños pueden ser hipersensibles (reaccionan exageradamente a ruidos, texturas, luces) o hiposensibles (no registran el dolor, buscan estímulos intensos). Si estas reacciones son muy marcadas y afectan su vida diaria o la de la familia, o si presentan problemas severos y persistentes con la alimentación (selectividad extrema) o el sueño, es un área que vale la pena explorar con un profesional.


Hay que confiar en el instinto, si algo no cierra, que inquieta, no hay que dudar en hacer una consulta. A veces, la simple observación de un profesional puede traer tranquilidad. Otras, una intervención temprana puede marcar una diferencia enorme en el desarrollo de un niño. No se trata de etiquetar, sino de acompañar y ofrecer las herramientas adecuadas en el momento oportuno.


Un retraso en una sola área no siempre es motivo de alarma, pero si observan varios de estos puntos, o si hay una preocupación persistente, el camino es siempre hablar con el pediatra o buscar la opinión de un especialista en desarrollo infantil (estimulador temprano, psicopedagogo, neurólogo infantil).