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Vie, Ago

Con sello de Mujer

Una porteña historia de fin de semana

Entre futuros inciertos, entre euforias ganadoras y tristezas con sabor a derrota  sucedió esta historia.

Llegué a la esquina, miré al semáforo y, casi por inercia, a los autos, por las dudas alguno pasara en rojo. Ahí fue que lo vi, lo iba a saludar, pero él, el vendedor de la pañalera al que le compro todos los sábados, estaba demasiado pendiente de algo, que yo desde el frente, no alcanzaba a ver.

Estaba casi al borde del cordón de la vereda. Con una suavidad inusual para un hombre bien viril se inclinó y tomó algo entre sus manos; que no pude ver bien de qué se trataba.

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Palabras con mamá

La casa está ordenada sólo por donde se la ve, el living impecable, las cortinas lucen frescas y una fragancia de alhucemas se cuela por todas partes. Cherie mi gata, duerme en su cesta con moños rosas, hay en el ambiente una calma casi palpable. Es una hermosa tarde tibia de otoño, para disfrutar con mamá, espero ansiosa su llegada como cada vez que intuyo que va a venir a visitarme. El sol que se asoma por detrás de las ventanas, es como una pátina dorada sobre los muebles, que otorga esa sensación natural y única de confortable calidez.

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Nosotras – Un encuentro esperado después de años

Nos debíamos un encuentro, como hace tanto tiempo no tenemos. Resulta tan difícil coordinar hoy nuestras vidas de mujeres profesionales y de familia, que siempre se posterga. Año tras año, cuando nos hablamos para los cumpleaños, o las fiestas va la frase: “tenemos que encontrarnos, juntarnos a tomar algo como antes, sin tiempo, sin reloj, sin celulares”. Hoy, llegó el día y lo quiero disfrutar pero a la vez poderlo ver desde otro lugar, otra vez ejercitando mi profesión de psicoanalista quiero ver y vernos, a nosotras mismas, eso me incluye a mí. Ver cómo somos hoy, recordando como éramos a los quince, cuando ese trío inseparable de amigas incondicionales brillaba de fiesta en fiesta, rompiendo adolescentes corazones.

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Las mujeres queremos un príncipe azul

Las mujeres preguntamos: “¿Y el padre, qué tiene que hacer? Porque el papá de mi hijo no hace lo que le corresponde mientras yo, madre abnegada, he dejado mi vida de lado para criar a este niño que -al fin y al cabo- es de ambos”. A partir de ahí, cataratas de quejas y de envidias, el mundo es injusto, las mujeres tenemos iguales derechos y los hombres sí que la pasan bien y son irresponsables.

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Los hombres son un mal necesario, al menos para hacer los arreglos de la casa

Suele ocurrir que justo pasa algo en casa cuando estamos sin pareja y completamente solas, es cuando se quema una lamparita, se rompe un cuerito, salta la térmica o se arruina el botón del baño. ¿Qué podemos hacer nosotras si nunca resolvimos este tipo de tareas porque siempre estuvimos con alguien?

Primero, lamentar y maldecir por el hecho en cuestión y porque sucedió en el momento menos oportuno. En esos instantes, también nos ponemos a pensar lo necesario que es un hombre en la vida de una mujer, porque muchas nos hacemos las independientes pero en estos casos somos absolutamente dependientes de ellos.

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