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Sáb, Ago

Procrastinación, posponer, postergar, dejar para después

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De alguna manera el título define lo que ocurre cuando una persona tiene tendencia a procrastinar. Esta es una palabra derivada del latín (pro, adelante, y crastinus, referente al futuro, postergación o posposición).

 

En psicología este término suele utilizarse en referencia, a la sensación producida por la ansiedad que se genera en las personas cuando las situaciones pendientes se le suman de manera continua. Entre el comenzar a hacer y la postergación que provoca este sentir, podríamos decir que se encuentra en un permanente conflicto. “Debo hacer, luego lo hago”.

La mayoría de las personas atraviesan en algún momento por la pereza y la postergación de acciones que cuando no han sido realizadas en el tiempo y la forma que era necesario, arrastran consecuencias poco favorables. En esos casos lo más saludable es poder reconocer la situación e intentar modificar la dinámica de acción en el futuro.

La procrastinación implica postergar la tarea, esperar para realizar, sin dimensionar aspectos que podrían entorpecer o frustrar los resultados. Es decir, que aquellas personas que tienen habitualmente esta tendencia, en su perspectiva estarían obviando particularidades propias o externas, de la situación que pondrían en riesgo buenos resultados.

Si la persona tiende ante los distintos acontecimientos por afrontar, decidir o resolver, a manifestarse de manera evitativa, posiblemente este sentimiento de procrastinación sea recurrente en ella.

¿Qué motivos puede tener la procrastinación?

El temor suele ser un aliado. La inseguridad de las personas, como consecuencia de la poca auto- confianza, puede llevarlas a postergar situaciones y dilatarlas en el tiempo sin poder concretar acciones adecuadas.

El desagrado que se produce, por tener que realizar tareas a disgusto y tal vez con ciertas exigencias que implican un esfuerzo mayor, también puede ser motivo suficiente para esta condición.

La falta de organización de la persona, para poder reconocer en un orden de prioridades, qué cosas necesitan ser atendidas con urgencia y poder diferenciarlas de lo importante, también puede dar lugar a la postergación sin mayores acciones.

Una motivación desfocalizada, donde a menudo la mirada estaría puesta en el esfuerzo del trayecto y no en los resultados de la labor y los beneficios posibles de alcanzar, muchas veces están presentes en el momento de la proscrastinación.

Salir de este circuito poco favorable

Reconocer en uno mismo esa predisposición para “dejar para después”, sin una necesidad aparente, de manera constante, es el primer paso fundamental para intentar los cambios.

Intentar representarse o imaginar el logro que ocasionará la resolución de lo pendiente, puede también ayudar en la motivación.

Tener una visión más generalizada en relación a todos los aspectos involucrados que se encuentran expectantes, de la concreción de las acciones.

Planificar considerando tiempos de realización, urgencias, acciones que dependen de uno o de otros, intentando establecer un orden facilitador de la tarea.

Reconocer las propias limitaciones, para compensar lo necesario o lo posible, colaborará significativamente para afrontar aquello con lo que tenemos que cumplir.

En el acontecer diario, vivir nos pone frente al placer, el disfrute, al compromiso, al displacer, etc..

Cuando hacemos contacto con aquellas experiencias cercanas a nuestro sentir verdadero, donde podemos palpar la sensación que provoca el estar en contacto con nuestra esencia, es fácil sentir inspiración y motivación para nuestro hacer. Sin embargo, también están esos otros momentos, donde nos sentimos condicionados, limitados o, incluso, a disgusto, pero postergarlos, solo hará que se sumen consecuencias que nos conlleven mayores frustraciones.