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Sáb, Ago

Los límites y la libertad: no son conceptos opuestos a la hora de educar a nuestros niños

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¿Porque ofrecer límites a los pequeños?

 

La respuesta más simple a esta pregunta, no por ello menos profunda y valedera, sería porque se los ama y se los respeta. Formar individuos que puedan insertarse en una convivencia aceptable dentro de una sociedad, siempre implica la construcción de conceptos como también, la valoración y cumplimiento de leyes y normas, que podrán ser revisadas y/o modificadas de acuerdo a como vaya evolucionando y creciendo dicha sociedad.

¿Qué función cumplen los límites en la crianza de los hijos?

Los límites ofrecen fronteras, bordes, puntos de partida y de llegada, estructuras en las cuales apoyarse. En pocas palabras, pueden brindar continencia. También pueden colaborar con la construcción de la templanza en la madurez, pero para ello, se debe transitar el camino de aquello que se va armando.

Los “si”, los “no”, los “hasta aquí”, los “esperemos” las consignas que dan forma a muchas situaciones, aspectos y vínculos, son límites, normas o leyes, que no solo enmarcan en un contexto de pertenencia, además, dejan comprender ciertos funcionamientos, apreciar lo conveniente y crecer dentro de un marco de libertad responsable y contenedora.

Poner límites no es reprimir

La construcción de las fronteras, justamente conlleva mucho más que una orden y la exigencia del cumplimiento de lo normativo, la construcción implica proceso, comprensión y aceptación de lo conveniente para sí y para el resto. En este punto estamos hablando específicamente del compromiso que deben asumir los adultos que estén a cargo de los niños, en relación a la educación con límites adecuados.

Hablamos de comprensión porque es allí donde nos sentimos personas reconocidas, cuando nos dan las explicaciones necesarias que nos hacen saber que estamos siendo considerados/as, aún cuando la explicación sea un “después te explico…”

¿Qué hacemos los adultos con las resistencias a los límites de los niños?

Fundamentar la necesidad de poner reglas puede resultar más fácil que llevarlas a la práctica.

La mayoría de los pequeños, puede aceptar límites siempre que no interfieran con sus deseos, cuando esto ocurre muchos de ellos, podrían presentar su resistencia con enojos, rabietas, contestaciones inapropiadas o acciones inadecuadas, incluso en algunos casos, pueden manifestar agresiones físicas y/o verbales.

Es importante que el adulto, no se enoje, con el enojo del niño o niña, que intente no perder el lugar de adulto responsable que educa, muestra y enseña.

Hablábamos de la templanza en párrafos anteriores, pues bien, en estos casos es bueno recordar que podemos desarrollarla para tratar de entender lo que le sucede al pequeño que se revela y, además, intentar que comprenda que es conveniente acatar la norma.

Los límites deben construirse fundamentalmente en un marco de respeto mutuo.

Los adultos, en muchos casos, necesitarán que la paciencia y la firmeza se combinen en un delicado equilibrio para que los lleve por el camino de esa construcción, que nunca debería ser limitante. Por el contrario, la revisión permanente, la reflexión y la flexibilidad cuando haga falta, irán asegurando pequeños y grandes logros.

Los niños perciben las vulnerabilidades de sus mayores, e intentan manejarlas en su favor. Cuando llegaron visitas, cuando el padre y/o la madre regresan de su labor  después de muchas horas de estar lejos de la casa, etc., pueden aprovechar para hacer sus reclamos y trasgredir los acuerdos.

Los niños nos ponen a prueba todo el tiempo, como adultos responsables, son exámenes de paciencia, tolerancia, firmeza, duda, continencia, comprensión y muchas otras condiciones todas sustentadas por el amor a esos niños que nos demandan porque nos necesitan, nos miran, nos reconocen y, en muchos casos, somos sus referentes.